Hace unos días César Poyatos me nominó para que dijera una palabra bonita para llenar las redes sociales de esperanza (esa era su palabra) y ánimo. Si nunca he sido decidido, en estos tiempos todavía menos. No pude pensar menos de tres.

Vocación

Comparto mi vida y mi casa con una enfermera. Nunca la he visto como ahora. Es una mujer dura, creo que va en el perfil profesional, pero ahora las lágrimas asoman constantemente en sus ojos. No puede ni acercarse al balcón a las 20:00 para aplaudir a sanitarios como ella y a todos aquellos a los que se ha ido ampliando este agradecimiento: transportistas, personal de los supermercados, policía, etc. Todos los que hacen que esto sea un poco más fácil y que todos estemos un poco más seguros.

Y es que esto se veía venir. Los matemáticos lo veían (es matemática pura). Los sanitarios lo veían. Solo ellos saben realmente cómo funciona la sanidad pública, cuáles son los medios reales con los que cuentan, cómo es el personal de los hospitales, cuantos respiradores hay y dónde están. Ellos lo sabían y no les hemos hecho caso. Ahora les aplaudimos por su templanza, por su saber estar, por su profesionalidad, por acompañar a nuestros mayores a los que no podemos ni siquiera acercarnos. Les aplaudimos por su compromiso y su vocación, pero igual hubiéramos ganado más si les hubiéramos escuchado antes.

Hoy mi aplauso será para ti y por ti. Por lo orgullosos que estamos de la gente como tú que se está dejando la piel y el corazón en esto. Hoy nuestra hija y yo cerraremos una vez más la ventana con las manos doloridas de aplaudir fuerte para que nos escuches desde el hospital. Gracias.

Oración

Hace algunos días le dije algo a un amigo mío y no me tomó en serio. Le dije que, como dicta el efecto mariposa, por cada persona imprudente y poco responsable que estaba desafiando al virus moriría un abuelo. Gracias a Dios los imprudentes son pocos, pero las víctimas de este “bicho” nos van a dejar sin referentes, sin historias y sin los abrazos de muchos de nuestros mayores.

En este momento me siento afortunado de haber podido vivir el final de mi padre con él, de haber podido despedirle y de haber podido recibir el consuelo de los que le querían (y me consta que no soy el único que tiene este pensamiento estos días). No lo puedo decir tan bonito como Luis Aranguren (gracias Luis por encontrar siempre palabras que iluminan estos días tan grises) pero a corto plazo me parece terrible. He asistido ya a mi primer funeral on-line y he de confesar que me emocionó. No fue ni mucho menos tan frío como esperaba, todo lo contrario. Desde el salón de nuestra casa compartimos ese momento con familiares y amigos en la única manera en que podemos acompañar hoy a los que quedan y rezar por los que se han ido. La retransmisión se llenó de comentarios, de flores y corazones, y a través de mensajes dimos la paz que hace ya tiempo que no damos. Solo nos queda la oración para que nos puedan sentir cerca y para poder acompañar. Mi hija no duerme bien estos días. Reza hija -le dije- eso siempre consuela. Y se durmió. Y se despertó al día siguiente más descansada. Manolo y Lucía ya no despertarán. Va por vosotros y por tantos otros. No estáis solos y vuestros hijos tampoco. Les llenaremos de abrazos cuando esto pase.

Generosidad

Día a día leo iniciativas que me emocionan. Empresas que liberan contenidos, libros y vídeos para pasar mejor estos días y gastar el tiempo que este virus nos ha “regalado”. Vecinos que hacen la compra de los mayores de su bloque. Alumnos que inventan nuevas formas de mejorar los respiradores. Particulares que dejan las mascarillas que compraron a la puerta de una residencia de ancianos que se ha quedado sin ellas o que fabrican unas nuevas con sus máquinas de coser y las telas que tienen por casa. Dueños de multinacionales que donan su dinero, una vez más, a la sanidad pública para mejorar esta situación. Sanitarios que reciben e-mails y los imprimen para que aquellos que están aislados reciban ánimos y compañía. Docentes que ponen al servicio de la comunidad educativa su tiempo, sus dones y sus conocimientos para mejorar la teledocencia de otros. Padres que comparten iniciativas y actividades para realizar con sus hijos. Religiosos que nos ayudan a orar en casa y evangelizan a través de nuevos medios. Asalariados que ponen todos los medios a su alcance para seguir teletrabajando y prestando los servicios que otros necesitan manteniendo una aparente normalidad.

La lista es infinita y eso me reconforta, me anima y me da esperanza. Ahora le podría decir a mi abuelo, que sí, que un grano hace granero. Y que este virus nos ha hecho darnos cuenta de que vivimos en una sociedad realmente generosa y que, ojalá, la rutina postcoronavirus no vuelva enterrar este sentimiento.

Por todo esto no podía resumir todo en una sola palabra, porque tres palabras son las que nos sacarán de esta pandemia: “Quédate en casa”.

Alberto Mayoral
@albertomayoral