“No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será también para todo el pueblo: Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor”. 

Por fin nos llega el Mesías, el Salvador. Así nos lo acaba de anunciar el ángel en plena noche, sin mucha más claridad que la que se intuye a través de unas pocas estrellas en el firmamento. Llevamos semanas esperando Su llegada, escuchando alusiones a Su persona, pero hoy, por fin, se cumplen todas las profecías y pondremos cara a lo que hemos ido escuchando en estos días. 

El profeta Isaías presentaba al Mesías como el que es capaz de levantar los valles, abajar las colinas, enderezar lo torcido e igualar lo escabroso. Ha llegado el momento de conocer a nuestro redentor, el que sale al encuentro y derrite los montes. 

No sé qué tipo de manos tendrá el alfarero del que nosotros somos arcilla y obra suya pero seguro que unas bien bonitas y que a la vez puedan inspirar confianza y seguridad, la justa para dejar que nos instruya en sus caminos y sea el árbitro de pueblos numerosos. 

Nos dice el ángel que ya ha llegado, que está aquí el renuevo del tronco de Jesé, el que no juzgará por apariencias ni sentenciará de oídas, que lo hará justamente a los pobres. Qué suerte tener la oportunidad de conocer aquel que prepara un festín de manjares suculentos, de vinos de solera y refinados; manjares exquisitos. Me imagino qué tipo de brazos tendrá la Roca perpetua que puede doblegar a los habitantes hasta el suelo. Ya era hora la venida de alguien que con un chasquido consiguiera lo que otros hacemos con meses o años.

Me pregunto qué mirada tendrá el santo de Israel para que pueda ser capaz de apiadarse de cada uno de nosotros y responda cada vez que le hablemos o invoquemos su nombre. 

No sé vosotros pero quiero saber si Isaías tiene razón; por eso me pongo ahora mismo en camino para conocer por mí misma y no de oídas el rostro de este Dios que llega con poder, y que su brazo manda y reúne a los corderos subiendo a su pecho las crías, cuidándolas a todas. Quiero ir yo también a Belén a ver este niño que nos ha nacido. Mantendré una actitud de búsqueda constante y estaré atenta a todos los signos que encuentre de su presencia, lo haré junto con otros y otras. Comienzo ya el camino. 

Ando y a medida que doy pasos noto que la distancia se acorta, ya queda menos para verle. Me inquieto solo de pensar que tendré delante a ese Príncipe de la Paz. Le diré que empiece a cantar las cuarenta a los dirigentes de las naciones, también a los banqueros, a los grandes multimillonarios, que tire de las orejas a los que no quieren ponerse de acuerdo en las diferentes cimeras o cumbres realizadas. 

Solo me quedan tres pasos, ¡qué nervios! 

Le diré que sea bien activo e insistiré en que acune a los directores y tutores agotados, que consuele a las familias que están pasando por alguna pérdida o se sienten desbordados ante la vida, que dé aliento a los que sufren y no quieren vivir, los que amanecen agotados y los que agotan a todos los que amanecen. 

Empiezo a entrar en el Belén. Le diré que acaricie a los maestros especialistas, a los que se están a punto de jubilar, a aquellos alumnos que no son escuchados, a los que están de baja porque no han podido con el ritmo y su salud ha flaqueado. Le hablaré de la gente que trabaja en condiciones poco dignas, que achuche a los médicos que nos les da tiempo para atender como les gustaría y que meta caña a los alumnos en prácticas de cualquier oficio, que por cierto, no sabemos aún si habrá que pagarles o no en enero. 

Por fin dentro del pesebre. Ya era hora.

Silencio. Asombro.

Y… ¿ese bebé eres tú? Vamos a ver ¿el famoso Rey de Reyes? ¿Seguro que no ha habido un error? Buscaba el Dios fuerte, creador del cielo y tierra, el que de un plumazo puede con todo de forma inmediata. El que es la Verdad tal y como yo la pienso, pero no. Con lo que nos encontramos es a “un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” y en este momento todo mi discurso se cae. Siento que me desencajo. Tu llanto me calla. Ahora ya ni digo ni te hago decir. Solo escucho. 

El más grande, débil. El más importante, sucio, ni querido ni acogido; en peligro de muerte ya desde el principio. El todo, necesitado esperando ser querido, sostenido, consolado, cuidado, alimentado porque solo no puede hacerlo. 

El alfa y omega nace sin nada, entre los nadies y siendo uno de ellos, en la más absoluta intemperie regalándonos la clave para una nueva humanidad: su encarnación nos vincula, moviliza y compromete, porque sí, porque Él quiere, porque es el Dios hecho encuentro que nos convoca. Un Dios que se encarna para que podamos consolarLO, cuidarLE, sostenerLE, amarLE, ayudarLE, si queremos, claro. 

Tu vulnerabilidad me confronta a celebrar con plenitud la Navidad. 

Menudo regalo nos hace Dios, ser Hijos suyos, hermanos de otros, todos hechos a imagen y semejanza suya.

¿Ese bebé eres tú? Así eres, sí, y en el Belén de la vida nos esperas hecho niño, maestro de los maestros en humanidad.

Seamos entrañas de misericordia en cada persona, cada centro y espacio educativo; seamos luz en cada propuesta; abramos nuestras aulas a la realidad actual; favorezcamos momentos de esperanza y encuentro.  

Sintámonos visitados por ti en cada persona, en cada reto, en cada anhelo… y siempre, siempre, guíanos en nuestro SER y HACER, por el camino de Tu paz.

FELIZ NAVIDAD

Dolors Garcia
Directora del Departamento de Pastoral de EC