¿Cuántos miedos y preocupaciones viven en las mentes y en los corazones de nuestras comunidades educativas? Cansancio acumulado de la pandemia, imágenes de la guerra en Ucrania que invaden las redes sociales, sensación de no llegar a todo, de no ser capaz, de no pertenecer, de no merecer la pena… Las estadísticas dicen que por lo menos un niño o niña de cada cuatro carga con situaciones emocionales que le impiden desarrollarse en plenitud y que le limitan en su vida académica, social y personal. Más de un 25% de cada clase, de cada colegio. Sí, también del tuyo. (Y seguramente son más, porque los más jóvenes son expertos en estrategias de supervivencia que generalmente son difíciles de detectar).

Pensamos que las estadísticas son números, cuando en realidad son personas. Estas son algunas de ellas:

  • En 2019, uno de cada cinco niños y una de cada siete niñas de entre 12 y 16 años estaban implicados en algún caso de ciberacoso (UNICEF).
  • En 2019, más del 25% de los niños y niñas en España fueron víctimas de maltrato por parte de sus padres, madres o cuidadores principales (Save the Children).
  • Las cifras sobre abusos sexuales a menores se multiplicaron por cuatro entre 2018 y 2020 (Fundación ANAR).
  • La ideación suicida ha aumentado en adolescentes, y el suicidio fue en 2020 la primera causa de muerte no natural entre jóvenes de España de entre 15 y 29 años (Fundación Española para la Prevención del Suicidio).

¿Y quiénes son esos jóvenes que sufren? Pueden ser cualquiera. Ese alumno o alumna que no consigue quedarse quieto en la silla, a la que hay que explicarle las cosas innumerables veces, el que cumple con todo para pasar desapercibido, la que saca las mejores notas para demostrarse que sí vale, los que siempre están cerca cuando surgen los conflictos, el que parece que pasa de todo y que tú sabes que si quisiera, podría… Hasta que recuerdas que los niños siempre quieren, y que si no hacen, es porque algo les impide hacerlo. Porque no hay niños difíciles, solo personas que viven situaciones complicadas. No hacen porque sus cerebros están ocupados sobreviviendo, y no porque el objetivo curricular que con tanto cariño has preparado no sea útil, relevante o atractivo. 

Somos una sociedad resiliente. Hemos superado guerras, hambrunas, crisis económicas, sanitarias, incertidumbres… Pero a un coste. Una sociedad en la que hay tanta depresión, ansiedad, violencia, estrés, es una sociedad que necesita sanar, que necesita un respiro, un poco de cuidado. Profesores quemados, padres sobrecargados, equipos directivos extenuados… cada uno estamos haciendo lo mejor que podemos para responder a las demandas del mundo. ¿Y si juntamos fuerzas para que la vida sea un poco más ligera para todos?

La fuerza viene de la comunidad. El sufrimiento no tiene tanto que ver con las cosas que nos pasan, sino con lo que pasa dentro de nosotros cuando nos pasa algo, como dice Gabor Maté, ese médico de origen húngaro que estudia las consecuencias que tienen en nosotros las experiencias adversas en la infancia. Sufrimos cuando estamos solos ante el peligro, solos con nuestros pensamientos y nuestros miedos. Las personas estamos hechas para sanar, pero no estamos programadas para hacerlo solos. Es hora de cuidarnos para crecer en comunidad. 

El cuidado es cuando ponemos a las personas por delante de las prisas, de los objetivos, de las tareas, de las responsabilidades. El cuidado es cultivar habilidades como la escucha, la empatía, el perdón y el compromiso.

Y para ello, no hay acto más generoso que el autocuidado, porque es desde nuestro propio bienestar que podemos ser fuente de cuidado para otros. Cuidarse es respirar hondo y pronunciar en silencio: “estoy aquí”. Es hacer las cosas que son necesarias para poder estar bien: decir “no” a aquello que nos daña, buscar el equilibrio, comer sano, pasar tiempo en la naturaleza, escucharnos, atrevernos a ser vulnerables y auténticos. Es conectar con nuestro ser para poder estar, aquí y ahora, con otros y para ellos, con toda nuestra humanidad. El autocuidado no es vanidad, es vida.

Crear en las escuelas una cultura del cuidado requiere valentía y representa la oportunidad de unir a la comunidad educativa en torno a una visión de una sociedad pacífica y solidaria. Se trata de ver al otro bajo una luz más cálida y, a la vez, construir juntos sistemas que nos protegen. Se trata de empatizar con las necesidades del otro, sentirse responsable de su bienestar y saber qué hacer cuando sabemos o sospechamos que algo va mal. 

Desde Escuelas Católicas hemos lanzado el proyecto “Shamar – Escuelas del cuidado” para acompañaros en la generación de la cultura del cuidado. En noviembre realizamos tres webinars, disponibles aquí. El próximo webinar tendrá lugar el 23 de marzo. Puedes inscribirte en nuestra web y además recibirás información sobre próximos eventos, formaciones y webinars relacionados con el proyecto.

Cuídate mucho,

Eline Lund
@eline_BL
Secretaría técnica del proyecto interdepartamental “Shamar – Escuelas del cuidado” 

escuelasdelcuidado@escuelascatolicas.com