En mis años de Roma, la comunidad vivía en un cole. La entrada principal era la de todos los alumnos, profesores, familias y demás que llegaban al colegio. La segunda puerta, que daba acceso a nuestra casa, se situaba en un lateral y no se abría con portero automático como la primera… Para abrir esa segunda puerta teníamos dos opciones, o cruzar la casa y bajar los tres tramos de escaleras que había para llegar a la puerta, o lanzar por el balcón una pelota de tenis rajada en la que dentro estaba la llave de la puerta y así la visita podía abrir ella misma la puerta. Claro, al lanzar la pelota había que tener cuidado cómo y dónde se lanzaba, no fuera que cayera dentro del seto y ya todo se complicaba más.
¿Y por qué me viene a la cabeza esta historia? Porque llegamos a Pascua y siento que estamos ante la segunda puerta de aquella casa, más difícil de abrir que la primera…
En Navidad se nos regaló la apertura de la puerta santa y, con ella, este año jubileo de la esperanza en el que estamos. Entonces, ya tiempo olvidado, predominaba la alegría de este camino que comenzaba y nos invitaba a la reconciliación y al abrazo fraterno. En Navidad parece que todo es más fácil, nos sale más rápido la sonrisa y las felicitaciones.
Pero ahora ya estamos en Pascua. El curso va haciendo mella en nosotros y las noticias que entonces provocaban en algunos la idea de lanzar cohetes o levantar muros siguen siendo las mismas, o peores. Hoy, mantener la puerta abierta a la realidad y a la esperanza de que Dios está actuando en esta Historia puede parecer más difícil…
Por eso me acuerdo de la segunda puerta de nuestra casa de Roma. Responder a la llamada del timbre no solo traía la alegría de la visita que llegaba y entraba con solo apretar un botón. Suponía un segundo paso que hacía que dejáramos nuestra comodidad, el calor de hogar, el sofá en el que descansábamos, y saliéramos, al menos al balcón a tirar la pelota-llave. Y ese salir asumía lo que fuera hubiera… o el frío del invierno o el calor que achicharraba las plantas de la terraza. Abrir la segunda puerta nos exigía más movimiento, interno y externo.
La primera puerta con Jesús fue “fácil”. La llamada, la ilusión de la propuesta que nos hacía, los nuevos compañeros de camino que se convirtieron en hermanos y hermanas… Estaba la novedad de lo que escuchábamos a Jesús, el que nos reconocieran como sus discípulos, “elegidos y llamados por el Maestro”. Pero cuando la cosa fue tomando otro color y comenzó la subida a Jerusalén… lo fácil dejó de serlo.
La Pascua supone un paso más. La Pascua es el gran acontecimiento de nuestra fe, la resurrección es la raíz de nuestra esperanza. Y hoy, como pastoralistas, como creyentes, tenemos el gran reto de vivir esta Pascua, incluido el Viernes Santo que vivimos en el ámbito mundial, enraizados en la esperanza de la vida resucitada.
Nos exige un nuevo paso, donde esta vez seamos nosotros los que nos atrevamos a cruzar la puerta del misterio que celebramos. Abrazar la realidad que nos rodea, dejándonos doler en ella y, en ella, dejarnos llevar por Jesús.
“Si nos dejamos llevar de la mano por Jesús, ninguna experiencia de fracaso o de dolor, por más que nos hiera, puede tener la última palabra sobre el sentido y el destino de nuestra vida. Desde aquel momento, si nos dejamos aferrar por el Resucitado, ninguna derrota, ningún sufrimiento, ninguna muerte podrá detener nuestro camino hacia la plenitud de la vida”.
Y es que como discípulos vamos haciendo proceso, y tarde o temprano también hemos de llegar a nuestras cruces personales y las del contexto histórico en el que vivimos. También a nosotros nos preguntarán si conocemos o no a Jesús, si seguimos creyendo en su promesa de Reino aquí y ahora, si seguimos dispuestos a dejar abiertas las puertas de nuestras casas, de nuestras comunidades, de nuestras familias… para que otros entren con lo que traigan.
En Navidad recordábamos cómo Dios se encarnó abrazando la humanidad que somos y decidió ser con nosotros. Ahora en Pascua, su resurrección rompe otra puerta, la de la muerte, y aún así de manera limitada…
“De ese modo, podemos decir que él mismo ha aceptado limitar la gloria expansiva de su resurrección, contener la difusión de su inmenso y ardiente amor para dejar lugar a nuestra libre cooperación con su Corazón. Esto es tan real que nuestro rechazo lo detiene en ese impulso donativo, así como nuestra confianza y la ofrenda de nosotros mismos abre un espacio, ofrece un canal libre de obstáculos al derramamiento de su amor. Nuestro rechazo o nuestra indiferencia limitan los efectos de su poder y la fecundidad de su amor en nosotros. Si él no encuentra en mí confianza y apertura, su amor se ve privado -porque él mismo así lo ha querido- de su prolongación en mi vida que es única e irrepetible, y en el mundo donde él me llama a hacerlo presente”. (DN 193)
¡Cuidado! No vaya a ser que en vez de lanzar la pelota al que viene para que pueda entrar, sin más nos pasemos la pelota unos a otros y las puertas no se abran…
Zoraida Sánchez
Departamento de Pastoral de Escuelas Católicas
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