Considerando la extraordinaria aportación que ha supuesto para la Pastoral Juvenil el Sínodo de Obispos sobre “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional” celebrado en Roma del 3 al 28 de octubre de 2018, vamos a compartir brevemente tres apuntes sobre la toma de decisiones de los jóvenes que se forman en valores cristianos en nuestras escuelas católicas.  

  1. La mayoría de los jóvenes actuales están tomando sus primeras decisiones personales importantes en un contexto de emergencia social y crisis de valores marcado por la incertidumbre. Les está tocando experimentar con fuerza lo que bellamente ofreció Miguel de Unamuno: “en las cuestiones más decisivas de la vida humana hay siempre un fondo último de incertidumbre”. Solo por esta razón podemos afirmar que necesitan a su lado educadores que les acompañen con acierto.
  2. El joven aprende a decidir gracias a una educación integral. La educación afectiva tiene una extraordinaria importancia para quienes paralelamente a sus procesos de toma de decisiones viven a flor de piel sentimientos, emociones, pasiones… Pero si simplemente concluyéramos en la necesidad que tenemos todos de una educación afectiva para aprender a tomar decisiones estaríamos dando una respuesta pobre desde el punto de vista formativo. Tampoco avanzaríamos mucho si añadiésemos que es conveniente recuperar la riqueza de la razón para abordar, de modo unitario, la gran aventura de la vida; contemplar solo la educación de la mente y del corazón es insuficiente. Es urgente ir más allá y realizar la tarea educativa desde la percepción de un mundo interconectado en el exterior y en el interior del joven educando, es decir, desde la perspectiva de una educación integral. 
  3. ¿Solos? ¿otros por mí? ¿con “Otro”? Un texto magisterial del Concilio Vaticano II, la Constitución Pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual, sostiene que forma parte de nuestra dignidad humana tomar las decisiones con autonomía, es decir, actuando según nuestra conciencia y por libre elección, movidos por convicciones personales y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa (cf. GS 17). Ahora bien, en la toma de decisiones de un creyente hay un protagonismo compartido porque interviene Dios. Esto es tremendamente contracultural y, a la vez, esencial en el itinerario de fe. La experiencia humana del creyente avala que nuestras decisiones nunca son tan nuestras como cuando la recibimos de Dios.

Alicia Ruiz López de Soria, ODN

 

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