En plena ola de calor descolocada, con los alumnos haciendo abanicos de papel para estar bien frescos en clase, por aquel ya tan lejano y tan cercano mayo (que por mayo era por mayo, cuando hace la calor… no debían de ser por entonces tan raras las olas de calor… tampoco…) del curso 2016-2017 nos llegó como una brisa lenta, caliente, extraña, la noticia de que desaparecerían en el curso 2017-2018 los exámenes de septiembre y que éstos serían alegremente sustituidos por los exámenes extraordinarios de junio. Entre los estertores del curso aquel, el calor asfixiante y el cansancio generalizado de alumnos y docentes, no prestamos mucha atención a aquella brisa.

Pasamos el verano como pudimos, y ya en el nuevo curso comenzamos a notar un aire frío que, ahora sí, nos daba datos concretos, fechas fijas, directrices más o menos claras de qué, cómo y cuándo había que hacer esos exámenes. Y así, sin darnos cuenta, hemos llegado al fin de curso 2017-2018, con unas lluvias y un clima benéfico que nos ha traído un vendaval frío con lluvia que nos da en plena cara.

Pienso que para valorar algo, sea lo que sea, nos debemos fijar en aquello que pretende ese “algo”. ¿Cuál es el objetivo que persiguen los exámenes extraordinarios, prescindiendo de la fecha en que tengan lugar? Imagino que todos coincidiremos en que se pretende que el alumno o alumna asuma unos objetivos mínimos que, por las razones que sean y que también merecerían nuestra reflexión, no ha sido capaz de asumir a lo largo de todo el curso. Y creo que también coincidiremos en que esos objetivos que hay que cumplir, no en todas las materias, evidentemente, necesitan un período de trabajo serio, concienzudo, riguroso, pero al mismo tiempo diferente de cómo ha sido en el período ordinario de estudio. El alumno que ha de “recuperar”, también tendrá que “recuperarse”, por lo que su ritmo y forma de trabajo difieren mucho de las del curso.

Asimismo estos alumnos han de descansar. No sólo están agotados los alumnos excelentes, notables o corrientes, que trabajan en mayor o menor medida en su momento. Los alumnos que fracasan en la evaluación ordinaria merecen un parón. El fracaso agota, en mayor o menor medida y en proporción a la magnitud de la derrota y la decepción. Por lo tanto, no podemos pretender, y si lo hacemos no buscamos el bien del alumno, sino otros intereses espurios, que estos chicos y chicas puedan estar física y psíquicamente preparados para afrontar unas pruebas nuevas a las dos o tres semanas de haber tenido sus exámenes finales ordinarios.

Lo dicho anteriormente se refiere a su preparación en el ámbito personal, pero ¿y en el aspecto académico? ¿Realmente creemos que podemos hacer “tragar” a estos alumnos, como si fueran pobres pavos de engorde, los contenidos no asumidos? ¿De verdad pensamos que un joven puede en tres semanas preparar un examen de Lengua Española y Literatura o de Historia de España o de Física y Química o Matemáticas, o Latín o Historia del Arte o…? O no saben en qué consiste una clase, cuál es el valor fundamental de la enseñanza, para qué y por qué un alumno ha de formarse bien o, y me temo que esto es lo que predomina, les da absolutamente igual.

Es evidente por tanto que esas “actividades de apoyo y refuerzo para alumnos con materias pendientes” ni apoyan ni refuerzan, sino que cubren un expediente y, eso sí, agudizan el ingenio, o no (eso ya depende de la honradez de cada persona), de los docentes.

Mas hay otro aspecto sobre el que hemos de fijar nuestra atención, y que no podemos pasar por alto: ¿Qué ocurre con los alumnos que han superado con mayor o menor éxito todas las materias? “Actividades de ampliación para alumnos con todo aprobado”. El Consejo Escolar de la Comunidad de Madrid, en un documento sobre el nuevo calendario escolar, sugería que estas actividades podían consistir en “proyectos de carácter transversal y de interés general”, bien, en “actividades deportivas, culturales cooperativas, en el entorno natural, talleres participativos (lectura, escritura, cine fórum)…”… (los últimos puntos suspensivos los pongo yo). Realmente esas actividades son muy adecuadas en el currículo de las materias y amplían la formación de los alumnos, pero integradas en el día a día de su vida escolar, equilibradamente entreveradas en las diversas materias. Apelotonadas en un meandro final dan la impresión de guardería, de entretenimiento. De hecho, gran parte de alumnos y de familias así lo perciben, dado que la asistencia a clase a partir de las notas finales disminuye significativamente, sobre todo en los cursos superiores, y las quejas de los padres y madres de alumnos que han aprobado todo son bastante airadas, a pesar de la oferta que reciben sus hijos en el colegio.

A todo esto podemos añadir que, al tener que acabar mucho antes el discurrir normal de los diferentes temarios, éstos se deben comprimir para poder finalizarlos o bien, relajarse y cubrir la parte de los temarios que buenamente podamos. Toda esta situación produce un agobio en el aula que afecta a la marcha tranquila y correcta de la enseñanza, que precisa de un ambiente relajado y confortable para aprender y para aprender a aprender.

Pero, ¿no hay nada bueno en estos exámenes extraordinarios de junio? ¿Sólo advertimos catástrofes? Qué difícil es que en la vida no podamos sacar algo bueno de todo, incluso de lo malo. Hagamos un esfuerzo e intentemos extraer algunas bondades de estas pruebas.

En teoría, el alumno tiene más “fresca” la materia de la que ha de examinarse y además serán los mismos profesores y profesoras que lo van a examinar los que le darán ese apoyo y refuerzo. Aquí podemos ver una pequeña ventaja de estos exámenes extraordinarios, pero es un aspecto muy instrumental, que no afecta mucho al fin principal que pretende la educación. Otra cualidad de este nuevo sistema lo podríamos ver en la predisposición académica de los alumnos: éstos aún no han desconectado del ritmo de trabajo académico (aunque estén muy cansados) y podrían entrar con mayor atención y ganas en esta etapa de refuerzo y apoyo. Tampoco es un aspecto demasiado profundo. Tal vez se pueda recurrir a la tan necesaria y deseada conciliación familiar para mirar con buenos ojos esta nueva práctica de recuperación. Las familias pueden planificar e iniciar sus vacaciones de verano sin vislumbrar en el horizonte las nubecillas, o nubarrones, de los exámenes de septiembre. Sin embargo, la formación de nuestros jóvenes es fundamental y a veces exigirá pequeños o grandes sacrificios que tendrán que ser asumidos por toda la familia, de manera que ésta vea como una empresa común los quehaceres particulares de cada uno de los miembros.

En fin, pongamos en una balanza los pros y los contras y esperemos atentos a que ésta se decante, y luego, opinemos y actuemos.

Al final de esta reflexión me pregunto: ¿No sería mejor emplear nuestros esfuerzos y medios en ir a la raíz del fracaso escolar e intentar remediarlo en vez de maquinar remedios ya pasados de moda y probados sin éxito en otras comunidades autónomas y países de Europa? ¿No deberían nuestros representantes en los diferentes órganos de legislación y gobierno tomarse de una vez por todas la EDUCACIÓN como algo fundamental que va más allá de partidos y gobiernos? ¿No deberían los profesores que están cada día en el aula, educando contra viento y marea (cada cual que se imagine que son el viento y la marea) decir una palabra en las leyes educativas? O nos tomamos muy en serio la educación de nuestros niños y jóvenes o vamos hacia un abismo más de  los que se están abriendo a nuestros pies. Una educación seria, competente y para la felicidad, donde ciencias, humanidades y artes enseñen a nuestros alumnos a aprender a ser felices y a ser hombres y mujeres cabales, equilibrados y buenos ciudadanos. No nos queda otra. Y esto exige dinero, bastante dinero, pero no queda otra. En una familia hay el dinero que hay y a partir de ese presupuesto se establecen prioridades.

Henry Ford, fundador de Ford Motor Company (qué paradoja…) dijo: “Si la educación es cara, prueba con la ignorancia…”. Es una frase muy manida, pero creo que resume muy bien el marco general donde se encuadra nuestra reflexión. Estamos empezando a “probar”, aunque estamos a tiempo de rectificar. Ojalá que lo hagamos.

 

Juan Montaña
Coordinador de Bachillerato del Colegio Sagrada Familia de Madrid