El año pasado nos sobrecogía la escalofriante cifra de los 10.000 niños no acompañados que llegaron a nuestras fronteras y desaparecieron. ¿En cuánto habrá aumentado esta cifra?

Europa no termina de hacer frente a la crisis humanitaria de Siria, que ha obligado a más de 11,5 millones de personas a huir de sus hogares, 58% de ellos, son niños.

Las secuelas que quedan en ellos son difíciles de afrontar. Nos quedamos sin palabras ante el testimonio de tantos niños y adolescentes que han podido huir, y de tantos otros que siguen sufriendo.

Como nos dice el papa Francisco en su mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2017 (15 de enero):

Hoy, la emigración no es un fenómeno limitado a algunas zonas del planeta, sino que afecta a todos los continentes y está adquiriendo cada vez más la dimensión de una dramática cuestión mundial. No se trata sólo de personas en busca de un trabajo digno o de condiciones de vida mejor, sino también de hombres y mujeres, ancianos y niños que se ven obligados a abandonar sus casas con la esperanza de salvarse y encontrar en otros lugares paz y seguridad. Son principalmente los niños quienes más sufren las graves consecuencias de la emigración, casi siempre causada por la violencia, la miseria y las condiciones ambientales, factores a los que hay que añadir la globalización en sus aspectos negativos. La carrera desenfrenada hacia un enriquecimiento rápido y fácil lleva consigo también el aumento de plagas monstruosas como el tráfico de niños, la explotación y el abuso de menores y, en general, la privación de los derechos propios de la niñez sancionados por la Convención Internacional sobre los Derechos de la Infancia.

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Entremos en la dinámica de acogida y tratemos de conseguir en nuestras escuelas los tres objetivos que el papa Francisco insiste en su mensaje: la protección, la integración y la búsqueda de soluciones estables.

Mercedes Méndez
@memesira